El llamado Manuscrito Voynich o Códice Voynich es un misterioso libro ilustrado, escrito hace unos 500 años por un autor anónimo en un alfabeto que hasta ahora no ha sido identificado y que se conoce como voynichés.

Lo interesante del manuscrito es que se trata del único documento que hasta ahora ha resistido todos los ataques de los mejores criptógrafos y de todos los medios informáticos que han intentado descifrarlo incluidos los mejores especialistas estadounidenses y británicos en descifrados de la Segunda Guerra Mundial (famosos por haber conseguido descifrar los códigos secretos japoneses y alemanes). ¿Qué se ha conseguido? … prácticamente nada. Tal sucesión de fracasos no ha hecho otra cosa que alimentar la teoría opuesta: el libro no es más que un elaborado engaño, una secuencia de símbolos al azar sin sentido alguno.

El nombre del manuscrito se debe al especialista en libros antiguos Wilfrid M. Voynich, quien lo adquirió en 1912. Actualmente está catalogado como el ítem MS 408 en la Biblioteca Beinecke de libros raros y manuscritos de la Universidad de Yale.

EL TEXTO DEL MANUSCRITO VOYNICH

El texto (llamado voynichés) fue claramente escrito de izquierda a derecha, con un margen derecho desigual. Las secciones más largas se encuentran partidas en párrafos, a menudo con “viñetas” en el margen izquierdo. No hay evidencia de signos de puntuación.

El texto es fluido, sin enmiendas ni tachaduras como si el escriba entendiera lo que estaba escribiendo mientras lo hacía; el manuscrito no da la impresión de que cada carácter haya tenido que ser calculado antes de ser escrito en la página. No sólo parece ser que el escriba estaba transcribiendo un texto sino que además, conocía el lenguaje usado a la perfección.

Contiene de más de 170.000 glifos, normalmente separados unos de otros por pequeños espacios. La mayoría de los glifos están escritos con uno o dos trazos simples. Considerando que existen disputas sobre si ciertos glifos son distintos o no, se calcula que el alfabeto entero consta de entre 20 y 30 glifos totales para casi todo el texto, con raras excepciones de algunas docenas de caracteres “extraños”, encontrados una o dos veces en todo el texto.

Los espacios más anchos dividen el texto en alrededor de 35.000 “palabras” de longitud variada. Estas parecen seguir una cierta fonética o reglas ortográficas de cierto tipo; por ejemplo, algunos caracteres deben aparecer en cada palabra (como las vocales en el castellano), algunos caracteres nunca siguen a otros, algunos pueden ser dobles pero otros no.

Por otro lado, el “idioma” del manuscrito Voynich, el voynichés, es distinto de los idiomas europeos en varios aspectos. En particular no existen palabras con más de 10 “letras”. Además, la distribución de letras dentro de una palabra es algo peculiar: algunos caracteres aparecen solamente al principio de una palabra, otros solamente al final y algunos siempre en el medio.

El texto parece ser más repetitivo que los típicos idiomas europeos; existen secuencias en las cuales la misma palabra común aparece hasta tres veces consecutivas.

La primera prueba de que el lenguaje del manuscrito Voynich es real, es un dato que los autores del libro no podían conocer cuando lo escribieron, dado que fue postulado quinientos años después de su creación. Se trata de la llamada “ley de Zipf”, ideada por el lingüista George Zipf. Zipf explicaba que hay una frecuencia universal de palabras cortas y largas en todas las lenguas humanas. Para que un idioma sea creíble, debe respetar los parámetros establecidos su ley, que viene a decir que en todas las lenguas conocidas la longitud de las palabras es inversamente proporcional a su frecuencia de aparición (cuantas más veces aparece una palabra en un idioma, más corta es). Esto es debido a que la explicación a esta ley se basa en la economía lingüística: las palabras que más utilizamos son más cortas y así requieren menos energía, por ello es el uso de una lengua el que acaba por imponer esta ley.

El lenguaje del manuscrito Voynich encaja perfectamente con esos parámetros: su frecuencia de palabras cortas y largas es equivalente a la de muchos otros idiomas que utilizamos ahora mismo. Sin embargo, esta condición parece necesaria pero no suficiente. Podemos crear libros sin contenido alguno que cumpla esta regla. No es sorprendente que la cumpla hoy, lo que parece inaudito es que la cumpla un texto creado hace 500 años.

Jorge Estolfi hizo un estudio estadístico comparando el Voynichés con otros lenguajes naturales como el latín o el inglés. El estudio que en el fondo es simple, consiste en medir cuántas palabras tienen una longitud dada. Es decir, cuántas de ellas tienen longitud 1 (entre ellas “y”, “o”…), cuántas longitud 2 (“el”, “la”…) y así en adelante.

Ahora usemos la herramienta estadística del “histograma”, herramienta que hemos estudiado en nuestra tierna infancia consistente en dibujar un rectángulo cuya altura corresponde a la cantidad de palabras que tienen la longitud dada. Es decir, si hay 40 palabras que en castellano tienen longitud 3, colocaríamos un rectángulo de altura 40 sobre el 3. Si hubiese 50 palabras de longitud 4, colocaríamos un rectángulo de Podemos unir los puntos más altos de cada rectángulo obteniendo así la figura que vemos a la derecha. Se conoce como polígono de frecuencias.

La curva que nos queda es muy característica. En todos los idiomas naturales, encontramos un patrón parecido. Nuestro histograma es una curva muy plana pero distinta del Voynichés. La de este idioma tiene un nombre muy importante en estadística y se conoce como Distribución Normal.

¿Qué es la Distribución Normal?. Bien, imaginemos una variable de nuestro entorno, como por ejemplo el peso de una población, la altura, la suma del resultado de dos dados o la longitud de la cochinilla criada en cautividad. Cojamos varios ejemplares (por ejemplo, de la suma de los dos dados). Obtendríamos: 4, 12, 7, 8. Nada destacable. Hagamos el siguiente experimento: En un folio, escribimos en la parte inferior los posibles resultados obtenidos al tirar los dos dados: 2 – 3 – 4 -5 – 6 -7 -8 – 9 -10 -11 – 12 .

Ahora rescatamos dos dados de nuestro viejo parchís y comenzamos a tirar. Sobre la puntuación obtenida colocamos una X. Así, si la suma es 6, sobre el 6 dibujamos la X. Realizamos este experimento una y otra vez (no menos de 50 tiradas). ¿Podemos obtener cualquier dibujo?. La respuesta es NO. Es más, de no ser así no hay dudas que el dado está trucado. Las leyes del azar están ahí y por tanto, nuestro dibujo será muy parecido al siguiente:

La figura obtenida es la llamada “campana de Gauss” asociada a la distribución Normal. Cualquier variable, repetido el experimento un número “importante” de veces podemos suponer que sigue esa campana.

Volviendo a nuestro “Voynichés”, vemos que es “Normal” en cuanto a que la longitud de las palabras de ese idioma siguen exactamente esa curva. ¿Es ello un dato que nos permita suponer que el lenguaje tiene un sentido o es una superchería? La respuesta no es fácil, pero lo que ya podemos decir es que si se trata de una broma pesada o una estafa, el engaño está profundamente elaborado. Hay que recordar que en el siglo XV la estadística no existía más que tres o cuatro pinceladas perdidas en algún libro de aritmética. Sin duda, su inventor, no sabía nada de esta ciencia. Si pedimos a alguien que simule la tirada de dos dados, empezará a decir resultados al azar. Si conoce las leyes estadísticas, intentará mencionar el 7 en más ocasiones que los demás, seguido del 6 y el 8, el 5 y el 9, etc. En el primer caso, será imposible que los resultados obtenidos se asemejen a los reales. En el segundo, podrá acercarse en función de lo meticuloso que haya sido en su exposición. En todo caso, hacerlo en un todo un libro es imposible.

De ser un idioma real, este patrón revela la existencia de algo “artificial” asociado a las leyes del azar. Sin duda en su codificación se han utilizado elementos que han introducido aleatoriedad al proceso. Lo explico con un ejemplo sencillo.

Supongamos que queremos codificar un texto. Por ejemplo, los primeros párrafos de la Institvcion de la Academia Real de Mathematica, de Juan Herrera (Madrid 1584). Los primero es cambiar los espacios por “X” para no confundirnos. El texto sería el siguiente:

Don Phelippe, por la gracia de Dios. Rey de Castilla, de Leon, de Aragon, de las dos Sicilias, de Ierusalem, de Portugal, de Nauarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galizia, de Mallorcas, de Seuilla, de Cerdeña, de Cordoua, de Corcega, de Murcia, de Iaen, de los Algarues, de Algezira, de Gibraltar, de las Islas de Canarias, de las Indias Occidentales, Islas y tierra fierme del Mar Oceano, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Brauante y Milan, Conde de Abspurg de Flandes, y del Tirol, y de Barcelona, Señor de Vizcaya, y de Molina , &c. Por quanto por parte de vos Iuan de Herrera nuestro aposentador de Palacio, nos fue fecha relacion, que auiendo nos mandado que en esta nuestra Corte, se leyessen las licencias Mathematicas y en vn breue volumen declarauades el fin para que se haze, y los libros que conforme a la profession de cada vno se han de leer. Supplicandonos os mandassemos dar licencia para que se imprima, pues es vtil y prouechoso, para cada vno que quisiere oyrlas, el saber el fructo que della se puede sacar, y los autores que en cada qual deue seguir, o como la nuestra merced fuesse.

Ahora tomemos dos dados y lancémoslos. Supongamos que obtenemos un 2. La primera palabra codificada sería la formada por los dos primeros caracteres: Do. Tiremos los dados de nuevo: un 4. La siguiente palabra sería nXPh, y así sucesivamente. La longitud de las palabras de nuestro idioma seguirían exactamente el mismo patrón que el Voynichés.

No obstante, el mismo resultado podría obtenerse eligiendo las palabras de un texto en cualquier posición y aunque cumpla el patrón de normalidad, no tendría sentido ninguno.

También tenemos que preguntarnos: ¿Siguen el resto de lenguajes naturales la distribución Normal? La respuesta es no. La curva es similar aunque no igual, ya que en los lenguajes naturales la longitud de las palabras de más uso se concentran en aquellas de seis, siete u ocho palabras para ir disminuyendo paulativamente en un descenso suave, no siendo por tanto simétrica como se puede contemplar en el siguiente gráfico:

Por otro lado, la entropía (el grado de desorden de un sistema) es similar a aquella de textos en latín. Algunas palabras aparecen exclusivamente en ciertas secciones, o sólo en algunas páginas; otras son frecuentes en todo el manuscrito. Existen muy pocas repeticiones entre las miles de “leyendas” adjuntas a las ilustraciones. En la sección herbario, la primera palabra de cada página aparece solamente en esa página, pudiendo representar el nombre de la planta.

TEORÍAS ACERCA DE SU PROPÓSITO

La primera sección del libro es casi seguro un herbario, pero han fracasado completamente todos los intentos para identificar las plantas, ya sea con especies existentes o con los dibujos estilizados de los herbarios contemporáneos. Algunos autores afirman que no corresponden a especies terrestres y que las ilustraciones, examinadas bajo el microscopio, lucen no como dibujos sino como células, muestras de tejido vegetal de la planta. Sólo se pueden identificar con alguna certidumbre un par de plantas, entre las que se incluyen el pensamiento silvestre, la acedera y el helecho “culantrillo” o “cabello de Venus”. Los dibujos del herbario que se asemejan a los bocetos “farmacológicos” parecen ser “copias en limpio” de éstos, salvo que se completaron las partes que faltaban con detalles inverosímiles. De hecho, muchas de las plantas parecen ser compuestas (jocosamente se les ha llamado “frankenplantas”): se juntan las raíces de una especie con las hojas de otra y las flores de una tercera; en ocasiones las raíces han sido adornadas con “ojos”, zarpas o incluso garras: se desconoce qué significan estos adornos (salvo que fuesen claves o pistas visuales de algún tipo).

Los recipientes y tubos de la sección “biológica” podrían indicar una relación con la alquimia, lo que sería relevante si el libro contuviera instrucciones para la preparación de compuestos médicos. Sin embargo los libros alquímicos del periodo comparten un lenguaje visual común, en el que se representan los procesos e ingredientes por medio de imágenes específicas (el águila, el sapo, un hombre en una tumba, una pareja en la cama, el sol, etc.) o símbolos textuales convencionales (un círculo con una cruz, etc.); no se identifica ninguno de ellos en el manuscrito.

Sergio Toresella, experto en herbarios antiguos, señaló que el manuscrito Voynich podría ser un herbario alquímico, que de hecho no tiene nada que ver con la alquimia. Se trata de un herbario ficticio con dibujos inventados, con el que los curanderos cargaban para impresionar a sus clientes. Parece que existió una pequeña industria doméstica de tales libros en alguna parte de Italia Septentrional, justo en esa época. Sin embargo, esos libros eran muy diferentes del manuscrito Voynich en estilo y diseño, y siempre estaban escritos en lenguaje normal.

Un dibujo circular en la sección “astronómica” (folio 68 vuelto, sección 3) representa un objeto de forma irregular con ocho brazos curvados y estrellas amarillas y azules en su interior; algunos lo han interpretado como el dibujo de una galaxia, que sólo se puede observar con un telescopio e incluso se ha insinuado que el propio Roger Bacon pudo fabricar uno con un espejo cóncavo: sin embargo incluso con los mayores telescopios actuales ninguna galaxia presenta ese aspecto salvo que se utilice la fotografía; la Galaxia de Andrómeda aparece bastante de canto y no de frente como la que se aprecia en el manuscrito. El parecido es muy discutible: en una inspección ocular el centro de la “galaxia” se asemeja más bien a un estanque de agua mientras que los presuntos brazos son líneas espirales con texto, no con estrellas amarillas o azules.

Se han interpretado otros dibujos como células vistas a través del microscopio: ello implicaría un origen moderno del manuscrito (siglo XVII), más que medieval.

Jacques Bergier, en su obra Les livres maudits (editorial J’ ai Lu, París, 1971), traducida al español como Los libros condenados (Plaza & Janés, 1973), propone una interesante y casi horripilante hipótesis: el autor del Manuscrito Voynich poseía conocimientos extraordinariamente avanzados y demasiado peligrosos para el mundo moderno, por ejemplo el secreto de las estrellas novas, por lo cual los ocultó para evitar nuestra propia autodestrucción.

No hay pruebas de tales conocimientos avanzadísimos en el manuscrito, salvo algunos diseños “astronómicos” (por ejemplo estrellas que parecen “explotar” en los folios 68 anverso y 69 reverso, aunque pueden representar cualquier otra cosa)

Fuente: Todo Libro Antiguo

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