
He seleccionado la lectura de la publicación “Estética Cósmica” de Néstor A. Domínguez, por ser un texto que me aproxima al conocimiento de algo que deseo encontrar, de un conocimiento que sabemos está en algún lugar y estamos conscientes de que en la búsqueda encontraremos una pequeña frase, un pensamiento, una idea, un concepto que formará parte de las piezas de un rompecabezas que pacientemente, tendremos que armar con asiduidad, razonamiento, convicción y objetividad.
Del artículo: Estética cósmica. Autor: Néstor A. Domínguez.
«Hay muchos mundos en el cosmos, pero hay más dentro de nosotros.»
–Jean Giraud
Siempre nuestra mirada hacia las estrellas estuvo impregnada de belleza. Hay algo astronómico que nos atrae, y desearíamos emprender el camino para poder saber qué hay en el más allá. Ese camino es realmente el de vuelta hacia las estrellas, y lo debemos recorrer (Sagan, 19821), aunque más no sea que montados en nuestra propia inquietud espiritual.
Hacia la comprensión
Podríamos probar científicamente estas dos afirmaciones:
• Toda la humanidad constituye una pequeñísima parte de la naturaleza cósmica.
• La sociedad humana padece graves problemas de comprensión, no solo entre los hombres sino de todos estos con la naturaleza.
Pero más acá y más allá de la complejidad de las experiencias y las pruebas de carácter científico, creo que las dos afirmaciones previas, gracias al sentido común, podrían ser avaladas por todos los seres humanos.
Hay momentos mágicos en que sentimos que estamos comprendiendo a la naturaleza: cuando en plena navegación apreciamos una noche en el mar con un cielo estrellado, cuando en las soledades antárticas somos castigados por un viento helado o cuando desde una astronave podemos tener una amplia visión de la Tierra y del cosmos en el espacio exterior y desde él.
Pero estas experiencias con la totalidad natural que nos son dificultosamente accesibles constituyen lujos que pocos seres humanos se pueden dar. Por lo general, vivimos en ambientes estrechos rodeados de las más diversas tecnologías y lejos de los ambientes puramente naturales.
El Diccionario de la Real Academia Española define el verbo «comprender», en primera instancia, de la siguiente manera: «Abrazar, ceñir, rodear por todas partes una cosa». Si esa cosa es nada menos que la naturaleza cósmica, se trata de una aspiración a abarcar la totalidad pero, en realidad, es ella la que nos abraza y nos rodea.
Con más de dos mil años del mundo occidental y cristiano de por medio, hemos admitido que el conjunto de la naturaleza es el «cosmos». Los griegos lo definieron como κόσμος diciendo que es «un todo ordenado», y David Bohm, hace poco tiempo, escribió un libro llamado La totalidad y el orden implicado (Bohm, 20081), en el que hila mucho más fino en cuanto a la cuestión cósmica así como también a la cuántica. Actualmente lo hacemos, no solo desde los puntos de vista de lo inmensamente grande y lo infinitamente pequeño, sino también en cuanto a la visión de lo infinitamente complejo. Esta última visión es tratada por las ciencias de la complejidad, y lo hacen sin dejar de lado la cuestión de la vida, algo especial entre tamañas complejidades.
El problema, que presento de esta manera, es fundamental para el futuro de la humanidad y, como vimos, nos viene inquietando desde hace milenios, pero ocurre que tomamos semiplena prueba de él hace menos de un siglo. Como David Bohm, creo que la totalidad incluye la materia/la energía (corpúsculo/onda) sumada a nuestra conciencia, y coincidiendo con Ludwig von Bertalanffy (Von Bertalanffy, 19872; Von Bertalanffy, 19973 y Von Bertalanffy, 19694), a ello es preciso adicionar la complejidad y la vida.
Además, pienso que no podemos seguir avanzando por los múltiples caminos de una ciencia profundamente disciplinaria sin perdernos en el vacío de nuestra propia ignorancia. Es necesario recurrir, más allá de lo interdisciplinario, al desarrollo de las transdisciplinas para lograr la unidad de las ciencias con las artes y la fe a fin de alcanzar la totalidad y comprender que, en ella, además de un orden explicado, hay un maravilloso orden implicado que da sentido a esa totalidad.
Al todo que nos rodea (mundo, cosmos), si es que tratamos de comprenderlo, lo abordamos con nuestro espíritu, sentimientos, imaginación e intuición, como algo a lo que pertenecemos pero que tenemos demasiado olvidado dentro del caos que reina en nuestra vida común. Tampoco nunca podremos comprenderlo si nos privamos de la idea de infinito que nos sugieren tanto el horizonte como las estrellas con su belleza absoluta.
Si no nos percatamos de todo esto, nuestra actitud será especulativa y de conquista, propia de una peligrosa visión moderna y antropocéntrica de la naturaleza.
Por mi parte, no tengo duda de que mi actitud es de pertenencia; me siento una parte sumamente pequeña de la naturaleza y trato de comprenderla de todas las maneras posibles. Una forma útil de comprensión es pensar que, en todo sistema, íntimamente relacionado con un orden, cualquier parte, por pequeña que sea, se debe integrar con la totalidad y comunicarse con ella.
Al orden implicado, lo abordamos con la ciencia y tratamos de explicarlo a través de un conjunto dinámico e incierto de sucesivos paradigmas construidos mediante la razón. Temporalmente, creemos en ellos y, además, les adicionamos una fe revelada que espera complementar la razón con su presencia pura y sin límites.
El hecho es que, para todo esto, necesitamos tanto de la comprensión de la totalidad como de la explicación científica del orden implicado dentro de esa totalidad. Esto lo concibió claramente Henrich Von Wright (Von Wright, 19975) al diferenciar los conceptos de comprensión y de explicación.
Creo que los oficiales de marina teníamos muy claro lo que es la totalidad cuando, en las noches de guardia en el puente, quedábamos solos frente al cosmos de estrellas que iluminaban con su luz tenue, junto con la luna, un mar que no podíamos dejar de observar poéticamente. Era así hasta que, al amanecer, nos despertábamos a la realidad con una visión del horizonte hacia el cual debíamos «bajar estrellas» para encontrar nuestro lugar en el cosmos y, a partir de allí, seguir navegando hacia horizontes siempre esquivos. Hablo en pasado porque hemos cambiado el sueño estelar por sistemas artificiales de posicionamiento global (GPS), que también nos apartan de lo poético, encerrado en la naturaleza del mar, para reducirnos a la materialidad de lo que es crudamente tecnocientífico.
Quizá sin saberlo, estábamos comprendiendo la totalidad y explicando el orden implicado para navegar. Hoy día, también nos venimos olvidando de la necesidad de esa comprensión de la naturaleza que diariamente practicábamos. Todo esto lo hago mezclando la antropología filosófica con el arte de navegar que he tenido el privilegio de conocer y de practicar.
Para ocupar nuestro lugar en el cosmos, es necesario que incluyamos la comprensión de la valoración de su belleza y de su armonía como parte de nuestro pensamiento científico. A eso estoy apuntando con el título de este ensayo.
Entiendo que lo antes expresado da origen a tres brechas que, a mi entender, afectan la aplicación de la razón científica, el arte y la fe a la comprensión y la explicación de la realidad que nos rodea. Continuar la lectura en:
Los invito a la lectura de este artículo, estoy segura que lo disfrutarán tanto como yo.

